viernes, 6 de septiembre de 2013

SOMOS MINISTROS DEL SANTUARIO.

Un santuario es un lugar o templo en que se venera a Dios o se practica una especial devoción. El santuario del pintor es su taller. Allí él traza con plena libertad, creatividad y concentración, las imágenes de su arte, sobre papel, tela o madera. El santuario del profesor es el aula de clases, lugar donde desarrolla su pedagogía con amor y solicitud por las jóvenes generaciones. El santuario del poeta es aquel lugar donde recibe la inspiración de sus versos; puede ser su propia habitación, la vorágine de la ciudad o la soledad de la naturaleza.  

Todo ser humano tiene un particular fervor o vocación; nadie es tan apático, incapaz o falto de espíritu, que esté exento de ello. Sólo necesita buscarlo dentro de sí. Y si posee una pasión particular, una vocación, también tendrá su santuario, aquel espacio donde se sentirá completo porque allí desarrollará la acción que más le agrada, aquella para la cual Dios lo creó. Eso es el llamado de Dios. Ser pastor, misionero o religioso, no son los únicos llamados de Dios. Él puede llamarnos a ejercer una profesión o un oficio, a practicar un deporte o un arte, a ser voluntarios sirviendo al prójimo, sin olvidar el hermoso llamado a ser padres y abuelos. 

Si para cada actividad hay un santuario, me pregunto ¿Cuál es el santuario del cristiano?  

En la antigüedad pre-cristina el santuario del pueblo de Dios era el Tabernáculo que Jehová ordenó a Moisés construir, la tienda del encuentro con Dios, como dice el escritor de Hebreos “Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal.”[1] En el Tabernáculo los sacerdotes adoraban a Dios, le presentaban sacrificios por los pecados del pueblo y recibían Sus órdenes.   

Según la Biblia “…el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición. / Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, / el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; / y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle.”[2] Cada uno de esos elementos tiene un significado simbólico muy interesante que vale la pena estudiar para crecimiento de nuestra vida de fe, cosa que haremos en otra oportunidad. Por ahora baste decir que ese Santuario, inspirado por Dios, era un espacio perfecto para la vida religiosa del pueblo de Israel.  

Este era el modo de operar del sacerdocio: “Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; / pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo”[3] El pueblo no podía entrar a la Tienda del Encuentro con Dios, Su Santuario, y debían permanecer fuera de ella, confiando en la intercesión de los sacerdotes.

Pero llegó un día bendito en que se eliminó esa separación entre Dios y el pueblo. Aunque aún muchos persisten en diferenciar entre clero y membrecía, lo cierto es que desde que Cristo pagó en la cruz del Calvario el precio de nuestros pecados, dando su vida y derramando la preciosa sangre, ya no hay tal separación. El Evangelio cuenta que al momento de morir Jesucristo “… he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron”[4] Esto significa que ahora tenemos libre entrada para contactarnos con Dios y sólo necesitamos de un Intermediario celestial: Jesucristo, el Hijo de Dios. 

Detengámonos un segundo para aclarar el significado de “religión”. No es una palabra negativa para el cristiano o algo de lo cual estemos apartados. Deriva del verbo religar, que significa volver a unir. La religión es el conjunto de creencias y prácticas que permiten volver a unirnos con Dios. La religión cristiana nos enseña en la Biblia el modo de religarnos con Dios “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. / El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”[5]

El creyente convertido a Jesucristo puede acercarse con una actitud nueva al Santuario: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, / por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, / y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, / acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”[6] Todo cristiano puede orar, leer y reflexionar la Palabra de Dios, escucharlo y recibir Sus consejos, por medio del Espíritu Santo, sin esclavizarse a otro que no sea Jesús. 

El rol de los ministros de Dios está claramente estipulado en la Escritura: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, / a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, / hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”[7]  Ministrar la Palabra de Dios, administrar los sacramentos instituidos por Jesucristo y liderar en la comunidad cristiana, permitirá que cada miembro activo de la Iglesia crezca espiritualmente, a la medida de Jesús. 

El Santuario del ministro de Dios es su relación permanente con Jesucristo por medio de la vida devocional, esto es la oración, la adoración, el ayuno, la meditación y la reflexión de Su Palabra. Esta entrega espiritual le capacitará diariamente para servir al prójimo y ministrar lo que Dios tiene para todo ser humano. En verdad nuestro Santuario es Cristo mismo, la Persona de Dios, Su corazón y Palabra. Él es el Santuario del cual recibimos el Pan de Vida para la multitud hambrienta de Dios. Damos gracias al Altísimo por Su misericordia con nuestra pobre humanidad y porque Él nos use para Su servicio.  

En esto consiste nuestro trabajo espiritual o “ministerio”, en dar de comer el Pan del Santuario. Cada vez que damos de comer de este pan saciamos su hambre de la Palabra eterna; cada vez que damos de beber del agua de vida, calmamos su sed del Espíritu de Dios; toda vez que no les rechazamos y les recibimos sin prejuicios, estamos acogiéndolos en la Casa del Padre; cuando les cubrimos con el amor del Señor, su humana desnudez ya no les avergüenza; cumplimos la misión encargada por Jesús cuando, en medio de las enfermedades del alma, oramos por ellos para que Dios les traiga sanidad; cuando levantamos sus cadenas por medio de la predicación de la Palabra de Cristo, ellos pueden salir de sus cárceles espirituales y ser libres de toda condenación.  

Cuando cumplimos nuestro rol de sirvientes del Santuario se cumple en nosotros esta Palabra de Cristo: “35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” (San Mateo 25:35,36) 



[1] Hebreos 9:1
[2] Hebreos 9:2-5
[3] Hebreos 9:6,7
[4] San Mateo 27:51
[5] San Juan 3:17,18
[6] Hebreos 10:19-22
[7] Efesios 4:11-13

CÓMO ANUNCIAR LAS VIRTUDES DE JESUCRISTO (III PARTE)


4. Tener una fe desarrollada en buena conducta.
 
Otro pasaje de la Biblia que utiliza el término “virtud”, pertenece al apóstol Pedro y dice: “vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento;” (2 Pedro 1:5) 

Aquí hay una cadena de virtudes a desarrollar, la que comienza con la fe, elemento fundamental para la vida cristiana. No se trata de cualquier fe; no es la fe natural que puede poner confianza en cualquier cosa, desde la fe en sí mismo hasta la que se puede tener por una deidad, sino la fe en Jesús dada por el Espíritu Santo. 

A la fe, es preciso añadir “virtud”. Se trata de una capacidad especial dada por Dios para testificar de la fe. Es la fe puesta en acción y que se demuestra por una vida virtuosa. Unos la han traducido como “poder”, otros por “buena conducta”. Añadimos o agregamos a nuestra fe cristiana la virtud como un poder que produce las más excelentes obras. Por medio de nuestra conducta, la fe se hace visible y es capaz de transformar tanto otras vidas como la propia.  

El conocimiento no está antes de la virtud sino que es posterior. Se refiere a una actitud de aprendizaje permanente para buscar la sabiduría y el entendimiento de las cosas espirituales. Necesitamos que la fe y la virtud como fuerzas interiores se alimenten del conocimiento superior dado por Dios.
 

CUALIDADES NECESARIAS PARA ANUNCIAR LAS VIRTUDES DE JESUCRISTO.

De todo lo comentado, podemos concluir que la virtud es principalmente una acción, más que un pensamiento o sentimiento. La virtud es un modo positivo de actuar y relacionarnos con nuestro prójimo y Dios. Si bien es cierto, cualquier virtud requiere de nuestra disposición para desarrollarla, es el Espíritu Santo quien la produce en el discípulo de Jesucristo. 

La definición de Iglesia que nos entrega el apóstol Pedro es certera: “vosotros sois… pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;” Basados en este texto más aquellos en que se ha traducido el término original por “virtud”, concluimos que para anunciar las virtudes de Jesucristo necesitamos adquirir primeramente cuatro conductas básicas: 

  1. Temor de Dios. Sin esta conducta no hay cambio en el ser humano. Con una actitud orgullosa es imposible que el discípulo esté dispuesto a aprender las virtudes de Jesús. 

  1. Autoridad espiritual. Esta autoridad implica coherencia entre lo que predicamos y como actuamos. Un cristiano que no da importancia a poner en acción la Palabra de Dios, jamás adquirirá las virtudes de Jesús.

  1. Conciencia limpia y de amplio criterio. La conciencia es limpiada por la sangre de Jesús; gracias a ello adquirimos el perdón, y quedamos capacitados para perdonar a los que nos han ofendido. Un desarrollo mayor de la conciencia es la adquisición de un criterio amplio, dispuesto a comprender y acoger al que es diferente o piensa distinto. Sin esa conciencia en la Gracia, poco avanzaremos en las virtudes de Jesús, quien compartía con todos, sin distinción. 

  1. Fe activa. Es la conducta primordial para todo aspecto de la vida cristiana. “Sin fe es imposible agradar a Dios”[1] La fe de Jesús se retroalimenta de obras, pues “la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.”[2] Una fe que no actúa, que no produce frutos en el cristiano, es una fe dudosa; tal vez no es fe auténtica. La verdadera fe es activa y dinámica; conlleva obras de misericordia, se multiplica y proyecta en otras vidas, y particularmente, produce virtudes en el discípulo de Jesucristo.
Ya habrá oportunidad para estudiar y reflexionar sobre cada una de las virtudes cristianas, sean estas teologales, cardinales o discipulares. Baste por ahora decir que es imprescindible para todo cristiano poseerlas y así dar testimonio vivo de Cristo. No en vano somos llamados “cristianos”, es decir “pequeños cristos”. ¿Y qué discípulo representante del Maestro seremos si no actuamos como Él? En ese caso será mejor callar.

 

BIBLIOLINKOGRAFÍA.

  • La Santa Biblia”, Casiodoro de Reina, revisión de 1960, Broadman & Holman Publishers, USA.
  • La Santa Biblia, Antiguo Testamento; © Sociedades Bíblicas Unidas 1960; Versión tomada del sitio: http://www.gentle.org/biblia/; Revisión ortográfica realizada con Word 95 (6), de Microsoft.
  • John MacArthur; “Biblia de Estudio MacArthur”; Versión Reina Valera 1960; Grupo Nelson, 2011. 
  • “Dios Habla Hoy, La Biblia Versión Popular”; Sociedades Bíblicas Unidas; 1979.
  • “Diccionario de la Real Academia de la Lengua de España”, en línea, Internet.
  • Concordancia electrónica; http://www.miconcordancia.com/concordancia.php
 



[1] Hebreos 11:6
[2] Santiago 2:17

viernes, 30 de agosto de 2013

CÓMO ANUNCIAR LAS VIRTUDES DE JESUCRISTO (II PARTE)

3. Tener una mente edificada con la Verdad, limpia conciencia y de amplio criterio.
 
El pensamiento debe estar antes de la acción. Sin embargo la mayoría de las personas son dominadas por sus instintos y emociones. Es necesario que el pensamiento guíe el actuar. Si el pensamiento, a su vez, está dominado por el Espíritu, producirá un carácter virtuoso. Por eso la Palabra de Dios aconseja: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.” (Filipenses 4:8) 

Ante nuestros ojos pasan muchas cosas, todo tipo de información, actividades, invitaciones, eventos recreativos, artísticos, etc. Los cristianos debemos saber escoger de entre ellos todo lo que es verdadero. Hay muchos libros de psicología, ciencias, filosofía, autoayuda, etc. que dan todo tipo de explicaciones sobre la conducta humana y consejos para resolver los problemas, algunos acertados, otros no tanto. El cristiano confrontará aquellos con el conocimiento y la sabiduría eterna de la Palabra de Dios, sin dejarse deslumbrar ni desorientar por otros caminos. 

No todo lo que se presenta ante nuestros ojos es conveniente. Un compañero de trabajo le invita a “sacar” ciertos materiales de la empresa, pues “sobran”; además es tan poco “nadie se dará cuenta”. La invitación a robar termina con la frase “la empresa roba mucho más.” Es el diablo que invita a caer en la tentación de no escoger todo lo honesto. 

No podemos llamar recto a lo torcido, ni chueco a lo derecho; lo que es justo, es justo. La delincuencia debe ser juzgada y castigada; lo que se debe, será pagado o devuelto –“No debáis a nadie nada”[1] dice la Escritura-, la mala conducta merece ser sancionada y el buen comportamiento, reconocido y premiado. Así será entre cristianos que reconocen todo lo justo. 

La pureza no se refiere solamente a la sexualidad. Lo puro es libre y exento de toda mezcla de otra cosa. Si somos cristianos “puros” no estamos mezclados con sentimientos y pensamientos de incrédulos. Buscar lo puro es buscar aquello que no se ha contaminado con el mal. Una invitación a probar el azar en un casino, por ejemplo, puede parecer muy inocente, pero revela la poca confianza que tenemos en Dios al buscar la buena suerte, además de estar jugando con las bendiciones económicas que Él nos da. Eso no es escoger todo lo puro. 

Cuando el apóstol dice “todo lo amable”, se refiere a aquello que es digno de ser amado o es deseable. Hay muchas cosas positivas en el mundo, no todo es indeseable; cosas que la cultura nos ofrece, por ejemplo conocimientos, ciencia, arte, tecnología, comodidades, adelantos. No rechazaremos, por ejemplo, las llamadas “redes sociales” porque hay personas que las utilizan para la grosería, el insulto, el descrédito o la pornografía. Nosotros haremos un buen uso de ellas para ayudar al prójimo, expresar afecto o evangelizar.

De buen nombre hay muchas actividades humanas, aunque todo lo humano puede corromperse, incluso la religión. Si hay acciones y cosas que son lícitas, allí debemos estar los cristianos. Es peligroso estar en lugares donde se practica la lujuria y todos los excesos de la carne. No debemos exponernos a lo pernicioso, que puede ser dañino para el alma y perjudicial para los nuestros, salvo que nos haya sido dada por Dios una misión de rescatar almas en ese lugar, para lo cual se requiere la virtud de la templanza. 

Hay cosas que son admirables en nuestro prójimo, formas de ser, obras que realizan, modos de pensar. Son dignos de alabanza y de aplauso. Aquello es bueno imitarlo, si está dentro de nuestras capacidades. Pertenecer a un coro, escribir poemas, pintar un cuadro, salir de excursión, practicar algún deporte, ser voluntario en una obra social, etc. No es preciso que todo lo que hagamos esté relacionado con lo religioso, pues donde vayamos llevamos a Cristo en el corazón y de alguna forma eso se expresará.

En todo esto debemos pensar y no en otras cosas, en: 1) lo verdadero, 2) lo honesto, 3) lo justo, 4) lo puro, 5) lo amable, 6) lo que tiene buen nombre y 7) lo que es digno de alabanza. No vale la pena preocuparnos de filosofías equivocadas, de las deshonestidades que otros hacen, sus injusticias e impurezas, las prácticas indeseables de ellos, etc. Hacerlo sólo nos enferma el alma y hace caer en la murmuración: “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; / ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. …/ Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; / porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto.”[2]

Anunciamos de un modo eficaz las virtudes de Cristo cuando tenemos edificada la mente con la Verdad, nuestra conciencia permanece limpia y actuamos con amplio criterio, aceptando todo lo que es verdadero, honesto, justo, puro, amable y de buen nombre.



[1] Romanos 13:8
[2] Efesios 5:3,4,11,12


viernes, 23 de agosto de 2013

CÓMO ANUNCIAR LAS VIRTUDES DE JESUCRISTO (I PARTE)


¿Qué significa anunciar las virtudes de Jesucristo? Las virtudes de Cristo, sea que las entendamos como Sus poderes o sus cualidades, si solo son anunciadas verbalmente no serán efectivamente comunicadas. Requieren que sean evidenciadas en nuestras vidas, sólo así serán efectivas en cuanto a dar a conocer al Cristo Resucitado y verdaderamente anunciadas.

De aquellos pasajes de la Biblia que utilizan el término “virtud” podemos obtener ricas enseñanzas de cómo anunciar de un modo eficaz las virtudes de Cristo. Para anunciar las virtudes de Jesucristo necesitamos:

  1. Tener temor de Dios, ser veraces y honestos.
Jetro, el suegro de Moisés, aconsejó al líder de Israel, para una buena administración de justicia: “…escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez.” (Éxodo 18:21)

Quienes dirigen, enseñan o juzgan, deben ser ejemplo para la comunidad. Los llama “varones de virtud”, cuyas principales cualidades serán el temor de Dios, la veracidad y la honestidad.
 
a)    El temor de Dios es la reverencia y admiración que presenta un cristiano ante el Todopoderoso. Una persona temerosa del Señor respeta Su Palabra, Su voluntad, Su Espíritu, y por ende es cuidadosa en el trato del prójimo, ya que todo ser humano es una criatura amada por el Padre.

Se puede ser líder de grandes grupos y organizaciones, como de unas pocas personas, como lo es el núcleo familiar. Frente a cualquier colectivo que al cristiano le toque actuar, servirá con temor del Señor.

b)    La veracidad es una hermosa virtud. Ser “varones de verdad”, que no dicen mentira ni engañan a su prójimo, que son asertivos sin ofender, que saben comunicar sus ideas y opiniones con respeto y delicadeza, es el correcto proceder de un discípulo de Jesús. La mentira, aparte de ser una falta a los mandamientos de Dios, oscurece y contamina las relaciones humanas. Al que la comete acarrea culpa, más mentiras para cubrirla cuando es descubierto y otros pecados, que agrandan el mal como bola de nieve. El engaño mata las relaciones y crea desconfianza y desunión, es una treta diabólica para destruir al ser humano.

c)    La honestidad es probidad en los asuntos materiales, como las finanzas, la administración de bienes; rectitud en el trato con otros, exentos de engaño; honradez e integridad en el obrar. La persona honesta responde ante sus responsabilidades laborales, familiares, civiles, religiosas y de asociación con otros. La Palabra aconseja “que aborrezcan la avaricia”, ese afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas, y del cual Jesús nos advierte: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.”[1]
 

  1. Tener autoridad espiritual y buen testimonio.
Siguiendo el sabio consejo de su suegro “Escogió Moisés varones de virtud de entre todo Israel, y los puso por jefes sobre el pueblo, sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta, y sobre diez.” (Éxodo 18:25)

El hecho de ser personas virtuosas nos llevará, sin proponérnoslo, a ocupar lugares de autoridad, puesto que seremos ejemplo para otros y las personas buscan líderes con virtudes. Si hoy día se vive en la sociedad una crisis de las autoridades es porque muchas de ellas carecen de la virtud necesaria para ser un buen ejemplo.

La autoridad espiritual no consiste en levantar la voz, atacar con conocimientos bíblicos, imponerse por la fuerza o ser prepotentes desde un púlpito, sino en ser consecuentes con lo que decimos creer y congruentes entre lo que predicamos y como vivimos. Debe haber una correspondencia lógica entre la conducta y los principios que profesamos. La autoridad espiritual no se basa tanto en el conocimiento como en la actuación; incluso, es más importante para Dios, nuestro comportamiento que la cantidad de conocimientos que tengamos.

La autoridad espiritual está íntimamente ligada al testimonio. Cuando los apóstoles tuvieron que delegar los asuntos más domésticos en un grupo de hermanos, encargaron a la Iglesia reunida: “Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo."[2] Todo testimonio es prueba, justificación y comprobación de la certeza o verdad de algo.

a)    Todo testimonio es una prueba ante quien nos juzga u observa; los cristianos dan prueba de la realidad de Dios y Jesucristo, de la sabiduría del Evangelio, de la obra de Cristo en la cruz y de la transformación que opera el Espíritu Santo en cada creyente. Las virtudes cristianas son prueba y testimonio de la verdad de nuestro mensaje.

b)    Todo testimonio es también la justificación de por qué actuamos como lo hacemos, perdonando al enemigo, dando gracias a Dios por todo, aceptando cualquier circunstancia, teniendo misericordia del que sufre, actuando con honradez, etc. Este comportamiento se justifica y explica en la fe de Jesús. Por último, todo testimonio es

c)    Todo testimonio es la comprobación de una convicción. La fe cristiana en un Creador amoroso, un Señor y Salvador misericordioso que ha dado Su vida por el pecador, y un Espíritu Santo que nos acompaña, fortalece y santifica, se comprueba en la propia vida, en el testimonio diario vivido por el discípulo de Jesús.



[1] San Lucas 12:15
[2] Hechos 6:3

sábado, 17 de agosto de 2013

LAS VIRTUDES EN LA BIBLIA.

Aún cuando la Biblia en su traducción al español utiliza no más de seis veces la palabra “virtud” en alguna de sus acepciones; sí abunda en cuanto a las distintas virtudes cristianas, a saber fe, esperanza, amor, paz, prudencia, justicia, fortaleza, templanza, etc.

El apóstol Pedro, en una de sus epístolas, traza una definición de la Iglesia, en la que precisa la importancia de las virtudes cristianas para la expansión del Evangelio: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;”[1]

Dice que los cristianos sois linaje escogido, pertenecemos a un linaje especial porque hemos sido escogidos por Dios para pertenecer a Su familia espiritual. Esto significa que somos descendencia de Cristo y los apóstoles. Actuamos como ellos, nuestros padres espirituales, guiados por el Espíritu Santo, anunciando con la propia vida las virtudes de Jesucristo. ¿Acaso los hijos no imitan a sus padres? Cada uno conserva los rasgos distintivos de su progenitor. Del mismo modo, los cristianos son “pequeños Cristos” que viven Sus virtudes, principalmente la más excelente de todas, el amor.[2]

Como seguidores y descendientes espirituales de un Rey, se nos califica como real sacerdocio, un sacerdocio al servicio del Rey Jesús. Servimos a la máxima autoridad del universo, el Hijo de Dios que está sentado a la diestra del Padre. ¿Cómo le servimos? Como verdaderos sacerdotes, personas entregadas y comprometidas con Él, que le brindan sacrificios de alabanza.[3] Un ejemplo de sacerdocio fiel es Leví, del que el Señor se expresa así: “Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. / La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad. / Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos.”[4] El sacerdote es un intermediario entre los hombres y Dios: intercede por ellos ante el Salvador y habla por Dios ante el pueblo. Su vida ha de ser virtuosa para ser escuchado por el Señor y creído por los hombres.

La tercera definición que caracteriza a la Iglesia es la de una nación santa. El concepto de “nación” es el de un conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. Todos los cristianos tenemos igual origen: la fe en Jesucristo como nuestro Salvador y Señor. Hablamos el mismo idioma, el lenguaje de la fe en Cristo y el amor a Dios y al prójimo. Nuestra común tradición proviene de la Sagrada Escritura legada por sus escritores, desde Moisés hasta los apóstoles. Somos una nación universal, cuyos ciudadanos se rigen por los principios divinos de lealtad, fidelidad, reverencia, santidad, respeto a la autoridad, respeto a la vida, pureza, honestidad, veracidad y contentamiento, emanados de los Diez Mandamientos.[5] Tales mandatos son virtudes del Señor. La característica principal de esta nación es su santidad, tanto en cuanto a la posición de haber sido apartada para Dios, como en perfección de practicarla, un mandato que Jesús ha dado: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”[6]

San Pedro señala que los cristianos, además de linaje escogido, real sacerdocio y nación santa, son un pueblo adquirido por Dios. Arrebatados a las tinieblas por obra de Jesucristo en la cruz, que pagó el precio de nuestra desobediencia, ahora pertenecemos definitivamente al Señor, somos posesión Suya. Los cristianos no pertenecen más al diablo, tampoco se pertenecen a sí mismos, sino que ahora son propiedad del Todopoderoso. Si somos de Él, nada ni nadie nos arrebatará de Su mano, como el Buen Pastor lo ha asegurado: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,  / y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. / Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”[7]

Todas las características señaladas del pueblo de Dios apuntan a un propósito práctico: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” Este propósito es dar a conocer las virtudes de Jesucristo, que nos llamó y trasladó del reino de tinieblas al reino de Dios.[8]  De modo que desde el momento en que nos convertimos a Jesucristo comenzamos, como pueblo de Dios, a cumplir una función testimonial y evangelizadora, consistente en “anunciar las virtudes de Cristo”.
 


[1] 1 Pedro 2:9
[2] 1 Corintios 12:31; 13:1
[3] Salmo 107:22
[4] Malaquías 2:5-7
[5] Éxodo 20:1-17
[6] San Mateo 5:48
[7] San Juan 10:27-29
[8] Colosenses 1:13


jueves, 15 de agosto de 2013

LO QUE DICE EL IDIOMA SOBRE LA VIRTUD.

REFLEJANDO LAS VIRTUDES DE CRISTO.

El cristianismo protestante suele poner en relevancia la evangelización del mundo, lo que no está mal, dado que la última orden de Jesús a sus discípulos fue “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.”[1] Otro énfasis de gran parte del protestantismo es el Espíritu Santo y la vivencia de los carismas o dones sobrenaturales, ya que el mismo Jesús dijo en sus últimos momentos con los apóstoles: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”[2] Los inicios de la Iglesia en Jerusalén estuvieron marcados por esa fuerte presencia del Espíritu, expresada en hablar en lenguas, milagros y sanidades, además de una fervorosa predicación. Otro aspecto que nos caracteriza es el profundo respeto y amor por las Escrituras. El pueblo evangélico lee asiduamente la Biblia, la estudia, memoriza y enseña con pasión. Nada de lo nombrado es sin importancia ni anti bíblico, pero olvida algo que, quizás por ser aparentemente poco visible o no tener el impacto social de la evangelización, los dones sobrenaturales o la “erudición” bíblica, no es tan atractivo para nosotros. Me refiero a las virtudes cristianas.

LO QUE DICE EL IDIOMA.

En nuestra propia lengua hay contenida sabiduría de siglos. El idioma, esta capacidad que Dios ha otorgado al ser humano de comunicar y expresar sus verdades más profundas, guarda también la esencia de la cultura judeo-cristiana. No en vano nuestra lengua se origina en la Castilla cristiana del siglo XI. Por tanto no es malo investigar en él la explicación y origen de muchos de nuestros conceptos.

En forma sencilla hablamos de virtud cuando nos referimos a una cualidad de la persona. En este sentido, la fe es una virtud. El Diccionario de la RAE da la siguiente definición:


Virtud. (Del lat. virtus, -ūtis).
1. f. Actividad o fuerza de las cosas para producir o causar sus efectos.
2. f. Eficacia de una cosa para conservar o restablecer la salud corporal.
3. f. Fuerza, vigor o valor.
4. f. Poder o potestad de obrar.
5. f. Integridad de ánimo y bondad de vida.
6. f. Disposición constante del alma para las acciones conformes a la ley moral.
7. f. Acción virtuosa o recto modo de proceder.
 

Estando una vez Jesús entre la multitud, ésta le oprimía y una mujer que padecía de un incurable flujo de sangre se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto. Al instante fue sanada. Entonces Jesús dijo: “Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que virtud salió de mí.”[3] Versiones más actuales han traducido esta palabra virtud como “poder”. El Señor se percató que había salido “poder” de Él. Resulta interesante, sin embargo, pensar que una virtud, como el amor al prójimo por ejemplo, es un poder que puede cambiar las relaciones humanas.  

La segunda acepción de la palabra virtud dice relación con la capacidad que tiene algo para producir un cambio saludable. Así, la oración de fe en el Señor tiene la virtud de sanar y levantar al enfermo y, aún más, “si hubiere cometido pecados, le serán perdonados.”[4] 

Según el diccionario, virtud es fuerza, vigor o valor. La virtud del cristiano no reside en sí mismo, sino en Jesucristo. Si tenemos alguna fuerza o poder es porque el Señor nos la da. Si poseemos vigor es porque, por medio de una permanente confianza en Él, se nos ha otorgado. Si tenemos valor para enfrentar la adversidad, es solamente porque nos ha sido dado Su Espíritu Santo “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”[5]  El Espíritu en nuestro interior es una virtud, un poder del cielo.

La potestad de obrar es también una explicación de la palabra “virtud”. El conocimiento de la verdad es un buen ejemplo de ello. Quien se acerca a la Verdad, la aprende y la aplica en su vida, experimentará una liberación, primero de la ignorancia y segundo la liberación del mal y el pecado. Jesús enseñó esto: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”[6] La Verdad de Cristo tiene esa virtud: liberar.

Posee virtud quien tiene Integridad de ánimo y bondad de vida. Una persona íntegra es recta, proba, intachable. Esta es una gran virtud. La Biblia presenta numerosos hombres y mujeres con esas características. La personalidad de Job, el justo que debió experimentar dolorosas pérdidas para que su fe fuera probada, es una buena ilustración de virtud. Su ánimo en cuanto a Dios, se conservó en fidelidad a pesar de las circunstancias. A pesar de haber perdido a su esposa y familia, y todos sus bienes, confesó: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.”[7] No renegó de Dios ni le atribuyó despropósito alguno, fue intachable, un varón de virtud.

Ya a esta altura, la definición de virtud se acerca al modo en que comúnmente utilizamos la palabra: una cualidad, una forma de ser, pensar, sentir o actuar. La acepción número 6 que señala la RAE dice que virtud es una disposición constante del alma para las acciones conformes a la ley moral. Ese centro del cual manan todas nuestras motivaciones, sentimientos, valores e ideas, que llamamos “alma”, “nefesh” en hebreo y “psyche” en griego, es nuestra psiquis o mente. De la disposición de ella dependen nuestras acciones. Una mente inclinada a no respetar la autoridad producirá acciones de rebeldía y contrarias a las leyes humanas y divinas. Una psiquis alimentada con principios morales, evidentemente dará a luz acciones conformes al buen actuar. Ya lo dijo el Maestro: “Todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. / No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.”[8] Un alma buena actuará conforme a la Ley de Dios que la guía; esa es su virtud.

La definición que hoy nos interesa es la de una acción virtuosa o recto modo de proceder, y a ella nos avocaremos ahora. Es importante destacar que una virtud es sobre todo una acción, un modo de actuar. La paciencia, por ejemplo, es una virtud que se demuestra en la práctica. La profesora tiene paciencia para enseñar a sus alumnos, es capaz de soportar el bullicio y la energía descontrolada de ellos sin alterarse; escucha sus preguntas, respondiendo a cada uno con amor, porque “El amor es sufrido”[9]  La paciencia no consiste sólo en una intención, sino que se demuestra en la práctica, como en el caso de Jacob que debió esperar 14 años para casarse con Raquel, la mujer que amaba. Cuenta la Escritura que su suegro Labán le exigió siete años de trabajo para casar con su hija. “Así sirvió Jacob por Raquel siete años; y le parecieron como pocos días, porque la amaba.” Pero al cabo de ese tiempo fue obligado a casarse primero con Lea, la hija mayor, y trabajar durante siete años más para obtener a su amada. La virtud de la paciencia, estimulada por el amor, fue probada y desarrollada en Jacob durante 14 años.[10] La paciencia es aquella facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho. 

Si el Diccionario puede enseñarnos tanto sobre la virtud, ¡cuánto más nos mostrará la Sagrada Escritura acerca de ella! Es la tarea a la que nos avocaremos luego.




[1] San Marcos 16:15
[2] Hechos 1:8
[3] San Lucas 8:42-46
[4] Santiago 5:15
[5] 2 Timoteo 1:7
[6] San Juan 8:32
[7] Job 1:21,22
[8] San Mateo 7:17,18
[9] 1 Corintios 13:4
[10] Génesis 29:15-30