El
pensamiento debe estar antes de la acción. Sin embargo la mayoría de las
personas son dominadas por sus instintos y emociones. Es necesario que el
pensamiento guíe el actuar. Si el pensamiento, a su vez, está dominado por el
Espíritu, producirá un carácter virtuoso. Por eso la Palabra de Dios aconseja: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es
verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo
lo que es de buen nombre; si hay virtud
alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.” (Filipenses 4:8)
Ante
nuestros ojos pasan muchas cosas, todo tipo de información, actividades,
invitaciones, eventos recreativos, artísticos, etc. Los cristianos debemos
saber escoger de entre ellos todo lo que
es verdadero. Hay muchos libros de psicología, ciencias, filosofía,
autoayuda, etc. que dan todo tipo de explicaciones sobre la conducta humana y
consejos para resolver los problemas, algunos acertados, otros no tanto. El
cristiano confrontará aquellos con el conocimiento y la sabiduría eterna de la
Palabra de Dios, sin dejarse deslumbrar ni desorientar por otros caminos.
No
todo lo que se presenta ante nuestros ojos es conveniente. Un compañero de
trabajo le invita a “sacar” ciertos materiales de la empresa, pues “sobran”;
además es tan poco “nadie se dará cuenta”. La invitación a robar termina con la
frase “la empresa roba mucho más.” Es el diablo que invita a caer en la
tentación de no escoger todo lo honesto.
No
podemos llamar recto a lo torcido, ni chueco a lo derecho; lo que es justo, es
justo. La delincuencia debe ser juzgada y castigada; lo que se debe, será
pagado o devuelto –“No debáis a nadie nada”[1] dice
la Escritura-, la mala conducta merece ser sancionada y el buen comportamiento,
reconocido y premiado. Así será entre cristianos que reconocen todo lo justo.
La
pureza no se refiere solamente a la sexualidad. Lo puro es libre y exento de toda mezcla de otra cosa. Si somos
cristianos “puros” no estamos mezclados con sentimientos y pensamientos de
incrédulos. Buscar lo puro es buscar aquello que no se ha contaminado con el
mal. Una
invitación a probar el azar en un casino, por ejemplo, puede parecer muy
inocente, pero revela la poca confianza que tenemos en Dios al buscar la buena
suerte, además de estar jugando con las bendiciones económicas que Él nos da.
Eso no es escoger todo lo puro.
Cuando
el apóstol dice “todo lo amable”, se refiere a aquello que es digno de ser
amado o es deseable. Hay muchas cosas positivas en el mundo, no todo es
indeseable; cosas que la cultura nos ofrece, por ejemplo conocimientos,
ciencia, arte, tecnología, comodidades, adelantos. No rechazaremos, por
ejemplo, las llamadas “redes sociales” porque hay personas que las utilizan
para la grosería, el insulto, el descrédito o la pornografía. Nosotros haremos
un buen uso de ellas para ayudar al prójimo, expresar afecto o evangelizar.
De
buen nombre hay muchas actividades humanas, aunque todo lo humano puede
corromperse, incluso la religión. Si hay acciones y cosas que son lícitas, allí
debemos estar los cristianos. Es peligroso estar en lugares donde se practica
la lujuria y todos los excesos de la carne. No debemos exponernos a lo
pernicioso, que puede ser dañino para el alma y perjudicial para los nuestros,
salvo que nos haya sido dada por Dios una misión de rescatar almas en ese lugar,
para lo cual se requiere la virtud de la templanza.
Hay
cosas que son admirables en nuestro prójimo, formas de ser, obras que realizan,
modos de pensar. Son dignos de alabanza y de aplauso. Aquello es bueno
imitarlo, si está dentro de nuestras capacidades. Pertenecer a un coro,
escribir poemas, pintar un cuadro, salir de excursión, practicar algún deporte,
ser voluntario en una obra social, etc. No es preciso que todo lo que hagamos
esté relacionado con lo religioso, pues donde vayamos llevamos a Cristo en el
corazón y de alguna forma eso se expresará.
En
todo esto debemos pensar y no en otras cosas, en: 1) lo verdadero, 2) lo
honesto, 3) lo justo, 4) lo puro, 5) lo amable, 6) lo que tiene buen nombre y
7) lo que es digno de alabanza. No vale la pena preocuparnos de filosofías
equivocadas, de las deshonestidades que otros hacen, sus injusticias e
impurezas, las prácticas indeseables de ellos, etc. Hacerlo sólo nos enferma el
alma y hace caer en la murmuración: “Pero fornicación y toda inmundicia, o
avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; / ni
palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino
antes bien acciones de gracias. …/ Y no participéis en las obras infructuosas
de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; / porque vergonzoso es aun hablar
de lo que ellos hacen en secreto.”[2]
Anunciamos
de un modo eficaz las virtudes de Cristo cuando tenemos edificada la mente con la
Verdad, nuestra conciencia permanece limpia y actuamos con amplio criterio,
aceptando todo lo que es verdadero, honesto, justo, puro, amable y de buen
nombre.
[1] Romanos 13:8
[2] Efesios 5:3,4,11,12
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