REFLEJANDO LAS VIRTUDES DE CRISTO.
El
cristianismo protestante suele poner en relevancia la evangelización del mundo,
lo que no está mal, dado que la última orden de Jesús a sus discípulos fue “Id
por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.”[1]
Otro énfasis de gran parte del protestantismo es el Espíritu Santo y la
vivencia de los carismas o dones sobrenaturales, ya que el mismo Jesús dijo en
sus últimos momentos con los apóstoles: “pero recibiréis poder, cuando haya
venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en
toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”[2]
Los inicios de la Iglesia en Jerusalén estuvieron marcados por esa fuerte
presencia del Espíritu, expresada en hablar en lenguas, milagros y sanidades,
además de una fervorosa predicación. Otro aspecto que nos caracteriza es el
profundo respeto y amor por las Escrituras. El pueblo evangélico lee
asiduamente la Biblia, la estudia, memoriza y enseña con pasión. Nada de lo
nombrado es sin importancia ni anti bíblico, pero olvida algo que, quizás por
ser aparentemente poco visible o no tener el impacto social de la
evangelización, los dones sobrenaturales o la “erudición” bíblica, no es tan
atractivo para nosotros. Me refiero a las virtudes cristianas.
LO QUE
DICE EL IDIOMA.
En nuestra
propia lengua hay contenida sabiduría de siglos. El idioma, esta capacidad que
Dios ha otorgado al ser humano de comunicar y expresar sus verdades más
profundas, guarda también la esencia de la cultura judeo-cristiana. No en vano
nuestra lengua se origina en la Castilla cristiana del siglo XI. Por tanto no
es malo investigar en él la explicación y origen de muchos de nuestros
conceptos.
En forma
sencilla hablamos de virtud cuando nos referimos a una cualidad de la persona. En
este sentido, la fe es una virtud. El Diccionario de la RAE da la siguiente
definición:
Virtud. (Del
lat. virtus, -ūtis).
Estando
una vez Jesús entre la multitud, ésta le oprimía y una mujer que padecía de un
incurable flujo de sangre se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto.
Al instante fue sanada. Entonces Jesús dijo: “Alguien me ha tocado; porque yo
he conocido que virtud salió de mí.”[3]
Versiones más actuales han traducido esta palabra virtud como “poder”. El Señor
se percató que había salido “poder” de Él. Resulta interesante, sin embargo,
pensar que una virtud, como el amor al prójimo por ejemplo, es un poder que
puede cambiar las relaciones humanas.
La segunda
acepción de la palabra virtud dice relación con la capacidad que tiene algo
para producir un cambio saludable. Así, la oración de fe en el Señor tiene la
virtud de sanar y levantar al enfermo y, aún más, “si hubiere cometido pecados,
le serán perdonados.”[4]
Según el
diccionario, virtud es fuerza, vigor o valor. La virtud del cristiano no reside
en sí mismo, sino en Jesucristo. Si tenemos alguna fuerza o poder es porque el
Señor nos la da. Si poseemos vigor es porque, por medio de una permanente
confianza en Él, se nos ha otorgado. Si tenemos valor para enfrentar la
adversidad, es solamente porque nos ha sido dado Su Espíritu Santo “Porque no
nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio
propio.”[5]
El Espíritu en nuestro interior es una
virtud, un poder del cielo.
La
potestad de obrar es también una explicación de la palabra “virtud”. El
conocimiento de la verdad es un buen ejemplo de ello. Quien se acerca a la
Verdad, la aprende y la aplica en su vida, experimentará una liberación,
primero de la ignorancia y segundo la liberación del mal y el pecado. Jesús
enseñó esto: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”[6]
La Verdad de Cristo tiene esa virtud: liberar.
Posee virtud quien tiene Integridad de ánimo y bondad de
vida. Una persona íntegra es recta, proba, intachable. Esta es una gran virtud.
La Biblia presenta numerosos hombres y mujeres con esas características. La
personalidad de Job, el justo que debió experimentar dolorosas pérdidas para
que su fe fuera probada, es una buena ilustración de virtud. Su ánimo en cuanto
a Dios, se conservó en fidelidad a pesar de las circunstancias. A pesar de
haber perdido a su esposa y familia, y todos sus bienes, confesó: “Desnudo salí del vientre de mi madre,
y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová
bendito.”[7] No
renegó de Dios ni le atribuyó despropósito alguno, fue intachable, un varón de
virtud.
Ya a esta altura, la definición de
virtud se acerca al modo en que comúnmente utilizamos la palabra: una cualidad,
una forma de ser, pensar, sentir o actuar. La acepción número 6 que señala la
RAE dice que virtud es una disposición constante del alma para las acciones conformes
a la ley moral. Ese centro del cual manan todas
nuestras motivaciones, sentimientos, valores e ideas, que llamamos “alma”,
“nefesh” en hebreo y “psyche” en griego, es nuestra psiquis o mente. De la
disposición de ella dependen nuestras acciones. Una mente inclinada a no
respetar la autoridad producirá acciones de rebeldía y contrarias a las leyes
humanas y divinas. Una psiquis alimentada con principios morales, evidentemente
dará a luz acciones conformes al buen actuar. Ya lo dijo el Maestro: “Todo buen árbol da buenos frutos,
pero el árbol malo da frutos malos. / No puede el buen árbol dar malos frutos,
ni el árbol malo dar frutos buenos.”[8] Un
alma buena actuará conforme a la Ley de Dios que la guía; esa es su virtud.
La definición que hoy nos interesa es la de una acción virtuosa o recto modo de
proceder, y a ella nos avocaremos ahora. Es
importante destacar que una virtud es sobre todo una acción, un modo de actuar.
La paciencia, por ejemplo, es una virtud que se demuestra en la práctica. La
profesora tiene paciencia para enseñar a sus alumnos, es capaz de soportar el
bullicio y la energía descontrolada de ellos sin alterarse; escucha sus
preguntas, respondiendo a cada uno con amor, porque “El amor es sufrido”[9] La paciencia no consiste sólo en una
intención, sino que se demuestra en la práctica, como en el caso de Jacob que
debió esperar 14 años para casarse con Raquel, la mujer que amaba. Cuenta la
Escritura que su suegro Labán le exigió siete años de trabajo para casar con su
hija. “Así sirvió Jacob por Raquel siete años; y le parecieron como pocos días,
porque la amaba.” Pero al cabo de ese tiempo fue obligado a casarse primero con
Lea, la hija mayor, y trabajar durante siete años más para obtener a su amada.
La virtud de la paciencia, estimulada por el amor, fue probada y desarrollada
en Jacob durante 14 años.[10] La
paciencia es aquella facultad de saber esperar cuando
algo se desea mucho.
Si
el Diccionario puede enseñarnos tanto sobre la virtud, ¡cuánto más nos mostrará
la Sagrada Escritura acerca de ella! Es la tarea a la que nos avocaremos luego.
[1] San Marcos 16:15
[2] Hechos 1:8
[3] San Lucas 8:42-46
[4] Santiago 5:15
[5] 2 Timoteo 1:7
[6] San Juan 8:32
[7] Job 1:21,22
[8] San Mateo 7:17,18
[9] 1 Corintios 13:4
[10] Génesis 29:15-30
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