Aún
cuando la Biblia en su traducción al español utiliza no más de seis veces la
palabra “virtud” en alguna de sus acepciones; sí abunda en cuanto a las
distintas virtudes cristianas, a saber fe, esperanza, amor, paz, prudencia,
justicia, fortaleza, templanza, etc.
El
apóstol Pedro, en una de sus epístolas, traza una definición de la
Iglesia, en la que precisa la importancia de las virtudes cristianas para la
expansión del Evangelio: “Mas
vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido
por Dios, para que anunciéis las virtudes
de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;”[1]
Dice
que los cristianos sois linaje escogido,
pertenecemos a un linaje especial porque hemos sido escogidos por Dios para
pertenecer a Su familia espiritual. Esto significa que somos descendencia de
Cristo y los apóstoles. Actuamos como ellos, nuestros padres espirituales,
guiados por el Espíritu Santo, anunciando con la propia vida las virtudes de
Jesucristo. ¿Acaso los hijos no imitan a sus padres? Cada uno conserva los
rasgos distintivos de su progenitor. Del mismo modo, los cristianos son “pequeños
Cristos” que viven Sus virtudes, principalmente la más excelente de todas, el
amor.[2]
Como
seguidores y descendientes espirituales de un Rey, se nos califica como real sacerdocio, un sacerdocio al
servicio del Rey Jesús. Servimos a la máxima autoridad del universo, el Hijo de
Dios que está sentado a la diestra del Padre. ¿Cómo le servimos? Como
verdaderos sacerdotes, personas entregadas y comprometidas con Él, que le
brindan sacrificios de alabanza.[3] Un
ejemplo de sacerdocio fiel es Leví, del que el Señor se expresa así: “Mi pacto
con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y
tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. / La ley de verdad
estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en
justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad. / Porque los
labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo
buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos.”[4] El
sacerdote es un intermediario entre los hombres y Dios: intercede por ellos
ante el Salvador y habla por Dios ante el pueblo. Su vida ha de ser virtuosa
para ser escuchado por el Señor y creído por los hombres.
La tercera definición
que caracteriza a la Iglesia es la de una nación
santa. El concepto de “nación” es el de un conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente
hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. Todos los cristianos
tenemos igual origen: la fe en Jesucristo como nuestro Salvador y Señor.
Hablamos el mismo idioma, el lenguaje de la fe en Cristo y el amor a Dios y al
prójimo. Nuestra común tradición proviene de la Sagrada Escritura legada por
sus escritores, desde Moisés hasta los apóstoles. Somos una nación universal,
cuyos ciudadanos se rigen por los principios divinos de lealtad,
fidelidad, reverencia, santidad, respeto a la autoridad, respeto a la vida,
pureza, honestidad, veracidad y contentamiento, emanados de los Diez Mandamientos.[5] Tales
mandatos son virtudes del Señor. La característica principal de esta nación es
su santidad, tanto en cuanto a la posición de haber sido apartada para Dios,
como en perfección de practicarla, un mandato que Jesús ha dado: “Sed, pues,
vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”[6]
San
Pedro señala que los cristianos, además de linaje escogido, real sacerdocio y
nación santa, son un pueblo adquirido por
Dios. Arrebatados a las tinieblas por obra de Jesucristo en la cruz, que
pagó el precio de nuestra desobediencia, ahora pertenecemos definitivamente al
Señor, somos posesión Suya. Los cristianos no pertenecen más al diablo, tampoco
se pertenecen a sí mismos, sino que ahora son propiedad del Todopoderoso. Si
somos de Él, nada ni nadie nos arrebatará de Su mano, como el Buen Pastor lo ha
asegurado: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, / y yo les doy vida eterna; y no perecerán
jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. / Mi Padre que me las dio, es mayor
que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”[7]
Todas las
características señaladas del pueblo de Dios apuntan a un propósito práctico: “Mas vosotros sois linaje escogido,
real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis
las virtudes de aquel que os
llamó de las tinieblas a su luz admirable.” Este propósito es dar a conocer las
virtudes de Jesucristo, que nos llamó y trasladó del reino de tinieblas al
reino de Dios.[8] De modo que desde el momento en que nos
convertimos a Jesucristo comenzamos, como pueblo de Dios, a cumplir una función
testimonial y evangelizadora, consistente en “anunciar las virtudes de Cristo”.
[1] 1 Pedro 2:9
[2] 1 Corintios 12:31; 13:1
[3] Salmo 107:22
[4] Malaquías 2:5-7
[5] Éxodo 20:1-17
[6] San Mateo 5:48
[7] San Juan 10:27-29
[8] Colosenses 1:13
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