sábado, 17 de agosto de 2013

LAS VIRTUDES EN LA BIBLIA.

Aún cuando la Biblia en su traducción al español utiliza no más de seis veces la palabra “virtud” en alguna de sus acepciones; sí abunda en cuanto a las distintas virtudes cristianas, a saber fe, esperanza, amor, paz, prudencia, justicia, fortaleza, templanza, etc.

El apóstol Pedro, en una de sus epístolas, traza una definición de la Iglesia, en la que precisa la importancia de las virtudes cristianas para la expansión del Evangelio: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;”[1]

Dice que los cristianos sois linaje escogido, pertenecemos a un linaje especial porque hemos sido escogidos por Dios para pertenecer a Su familia espiritual. Esto significa que somos descendencia de Cristo y los apóstoles. Actuamos como ellos, nuestros padres espirituales, guiados por el Espíritu Santo, anunciando con la propia vida las virtudes de Jesucristo. ¿Acaso los hijos no imitan a sus padres? Cada uno conserva los rasgos distintivos de su progenitor. Del mismo modo, los cristianos son “pequeños Cristos” que viven Sus virtudes, principalmente la más excelente de todas, el amor.[2]

Como seguidores y descendientes espirituales de un Rey, se nos califica como real sacerdocio, un sacerdocio al servicio del Rey Jesús. Servimos a la máxima autoridad del universo, el Hijo de Dios que está sentado a la diestra del Padre. ¿Cómo le servimos? Como verdaderos sacerdotes, personas entregadas y comprometidas con Él, que le brindan sacrificios de alabanza.[3] Un ejemplo de sacerdocio fiel es Leví, del que el Señor se expresa así: “Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. / La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad. / Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos.”[4] El sacerdote es un intermediario entre los hombres y Dios: intercede por ellos ante el Salvador y habla por Dios ante el pueblo. Su vida ha de ser virtuosa para ser escuchado por el Señor y creído por los hombres.

La tercera definición que caracteriza a la Iglesia es la de una nación santa. El concepto de “nación” es el de un conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. Todos los cristianos tenemos igual origen: la fe en Jesucristo como nuestro Salvador y Señor. Hablamos el mismo idioma, el lenguaje de la fe en Cristo y el amor a Dios y al prójimo. Nuestra común tradición proviene de la Sagrada Escritura legada por sus escritores, desde Moisés hasta los apóstoles. Somos una nación universal, cuyos ciudadanos se rigen por los principios divinos de lealtad, fidelidad, reverencia, santidad, respeto a la autoridad, respeto a la vida, pureza, honestidad, veracidad y contentamiento, emanados de los Diez Mandamientos.[5] Tales mandatos son virtudes del Señor. La característica principal de esta nación es su santidad, tanto en cuanto a la posición de haber sido apartada para Dios, como en perfección de practicarla, un mandato que Jesús ha dado: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”[6]

San Pedro señala que los cristianos, además de linaje escogido, real sacerdocio y nación santa, son un pueblo adquirido por Dios. Arrebatados a las tinieblas por obra de Jesucristo en la cruz, que pagó el precio de nuestra desobediencia, ahora pertenecemos definitivamente al Señor, somos posesión Suya. Los cristianos no pertenecen más al diablo, tampoco se pertenecen a sí mismos, sino que ahora son propiedad del Todopoderoso. Si somos de Él, nada ni nadie nos arrebatará de Su mano, como el Buen Pastor lo ha asegurado: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,  / y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. / Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”[7]

Todas las características señaladas del pueblo de Dios apuntan a un propósito práctico: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” Este propósito es dar a conocer las virtudes de Jesucristo, que nos llamó y trasladó del reino de tinieblas al reino de Dios.[8]  De modo que desde el momento en que nos convertimos a Jesucristo comenzamos, como pueblo de Dios, a cumplir una función testimonial y evangelizadora, consistente en “anunciar las virtudes de Cristo”.
 


[1] 1 Pedro 2:9
[2] 1 Corintios 12:31; 13:1
[3] Salmo 107:22
[4] Malaquías 2:5-7
[5] Éxodo 20:1-17
[6] San Mateo 5:48
[7] San Juan 10:27-29
[8] Colosenses 1:13


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