Un santuario es un lugar o templo en que se venera a Dios o se practica una especial
devoción. El santuario del pintor es su taller. Allí él traza con plena
libertad, creatividad y concentración, las imágenes de su arte, sobre papel,
tela o madera. El santuario del profesor es el aula de clases, lugar donde
desarrolla su pedagogía con amor y solicitud por las jóvenes generaciones. El
santuario del poeta es aquel lugar donde recibe la inspiración de sus versos;
puede ser su propia habitación, la vorágine de la ciudad o la soledad de la
naturaleza.
Todo ser humano tiene un particular fervor o vocación;
nadie es tan apático, incapaz o falto de espíritu, que esté exento de ello.
Sólo necesita buscarlo dentro de sí. Y si posee una pasión particular, una
vocación, también tendrá su santuario, aquel espacio donde se sentirá completo
porque allí desarrollará la acción que más le agrada, aquella para la cual Dios
lo creó. Eso es el llamado de Dios. Ser pastor, misionero o religioso, no son
los únicos llamados de Dios. Él puede llamarnos a ejercer una profesión o un
oficio, a practicar un deporte o un arte, a ser voluntarios sirviendo al
prójimo, sin olvidar el hermoso llamado a ser padres y abuelos.
Si para cada actividad hay un santuario, me pregunto ¿Cuál
es el santuario del cristiano?
En la antigüedad pre-cristina el santuario del pueblo de
Dios era el Tabernáculo que Jehová ordenó a Moisés construir, la tienda del
encuentro con Dios, como dice el escritor de Hebreos “Ahora bien, aun el primer pacto tenía
ordenanzas de culto y un santuario terrenal.”[1] En el
Tabernáculo los sacerdotes adoraban a Dios, le presentaban sacrificios por los
pecados del pueblo y recibían Sus órdenes.
Según la Biblia “…el tabernáculo
estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el
candelabro, la mesa y los panes de la proposición. / Tras el segundo velo
estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, / el cual tenía un
incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la
que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que
reverdeció, y las tablas del pacto; / y sobre ella los querubines de gloria que
cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en
detalle.”[2] Cada
uno de esos elementos tiene un significado simbólico muy interesante que vale
la pena estudiar para crecimiento de nuestra vida de fe, cosa que haremos en
otra oportunidad. Por ahora baste decir que ese Santuario, inspirado por Dios,
era un espacio perfecto para la vida religiosa del pueblo de Israel.
Este era el modo de operar del
sacerdocio: “Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo
entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; / pero
en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la
cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo”[3] El
pueblo no podía entrar a la Tienda del Encuentro con Dios, Su Santuario, y
debían permanecer fuera de ella, confiando en la intercesión de los sacerdotes.
Pero llegó un día bendito en que se
eliminó esa separación entre Dios y el pueblo. Aunque aún muchos persisten en
diferenciar entre clero y membrecía, lo cierto es que desde que Cristo pagó en
la cruz del Calvario el precio de nuestros pecados, dando su vida y derramando
la preciosa sangre, ya no hay tal separación. El Evangelio cuenta que al momento
de morir Jesucristo “… he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba
abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron”[4] Esto
significa que ahora tenemos libre entrada para contactarnos con Dios y sólo
necesitamos de un Intermediario celestial: Jesucristo, el Hijo de Dios.
Detengámonos
un segundo para aclarar el significado de “religión”. No es una palabra
negativa para el cristiano o algo de lo cual estemos apartados. Deriva del
verbo religar, que significa volver a unir. La religión es el conjunto de creencias y prácticas que permiten volver a
unirnos con Dios. La religión cristiana nos enseña en la Biblia el modo de
religarnos con Dios “Porque
no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo
sea salvo por él. / El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya
ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”[5]
El creyente convertido a Jesucristo puede acercarse con una
actitud nueva al Santuario: “Así
que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la
sangre de Jesucristo, / por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través
del velo, esto es, de su carne, / y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de
Dios, / acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe,
purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua
pura.”[6] Todo
cristiano puede orar, leer y reflexionar la Palabra de Dios, escucharlo y
recibir Sus consejos, por medio del Espíritu Santo, sin esclavizarse a otro que
no sea Jesús.
El rol de los ministros de Dios está
claramente estipulado en la Escritura: “Y él mismo constituyó a unos,
apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y
maestros, / a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio,
para la edificación del cuerpo de Cristo, / hasta que todos lleguemos a la
unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la
medida de la estatura de la plenitud de Cristo”[7] Ministrar la Palabra de Dios, administrar los
sacramentos instituidos por Jesucristo y liderar en la comunidad cristiana,
permitirá que cada miembro activo de la Iglesia crezca espiritualmente, a la
medida de Jesús.
El Santuario del ministro de Dios es
su relación permanente con Jesucristo por medio de la vida devocional, esto es la
oración, la adoración, el ayuno, la meditación y la reflexión de Su Palabra. Esta
entrega espiritual le capacitará diariamente para servir al prójimo y ministrar
lo que Dios tiene para todo ser humano. En verdad nuestro Santuario es Cristo
mismo, la Persona de Dios, Su corazón y Palabra. Él es el Santuario del cual
recibimos el Pan de Vida para la multitud hambrienta de Dios. Damos gracias al
Altísimo por Su misericordia con nuestra pobre humanidad y porque Él nos use
para Su servicio.
En esto consiste nuestro trabajo
espiritual o “ministerio”, en dar de comer el Pan del Santuario. Cada vez que
damos de comer de este pan saciamos su hambre de la Palabra eterna; cada vez
que damos de beber del agua de vida, calmamos su sed del Espíritu de Dios; toda
vez que no les rechazamos y les recibimos sin prejuicios, estamos acogiéndolos
en la Casa del Padre; cuando les cubrimos con el amor del Señor, su humana desnudez
ya no les avergüenza; cumplimos la misión encargada por Jesús cuando, en medio
de las enfermedades del alma, oramos por ellos para que Dios les traiga sanidad;
cuando levantamos sus cadenas por medio de la predicación de la Palabra de
Cristo, ellos pueden salir de sus cárceles espirituales y ser libres de toda
condenación.
Cuando cumplimos nuestro rol de
sirvientes del Santuario se cumple en nosotros esta Palabra de Cristo: “35 Porque tuve hambre, y me disteis de
comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36
estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y
vinisteis a mí.” (San Mateo 25:35,36)
[1] Hebreos 9:1
[2] Hebreos 9:2-5
[3] Hebreos 9:6,7
[4] San Mateo 27:51
[5] San Juan 3:17,18
[6] Hebreos 10:19-22
[7] Efesios 4:11-13
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