viernes, 6 de septiembre de 2013

SOMOS MINISTROS DEL SANTUARIO.

Un santuario es un lugar o templo en que se venera a Dios o se practica una especial devoción. El santuario del pintor es su taller. Allí él traza con plena libertad, creatividad y concentración, las imágenes de su arte, sobre papel, tela o madera. El santuario del profesor es el aula de clases, lugar donde desarrolla su pedagogía con amor y solicitud por las jóvenes generaciones. El santuario del poeta es aquel lugar donde recibe la inspiración de sus versos; puede ser su propia habitación, la vorágine de la ciudad o la soledad de la naturaleza.  

Todo ser humano tiene un particular fervor o vocación; nadie es tan apático, incapaz o falto de espíritu, que esté exento de ello. Sólo necesita buscarlo dentro de sí. Y si posee una pasión particular, una vocación, también tendrá su santuario, aquel espacio donde se sentirá completo porque allí desarrollará la acción que más le agrada, aquella para la cual Dios lo creó. Eso es el llamado de Dios. Ser pastor, misionero o religioso, no son los únicos llamados de Dios. Él puede llamarnos a ejercer una profesión o un oficio, a practicar un deporte o un arte, a ser voluntarios sirviendo al prójimo, sin olvidar el hermoso llamado a ser padres y abuelos. 

Si para cada actividad hay un santuario, me pregunto ¿Cuál es el santuario del cristiano?  

En la antigüedad pre-cristina el santuario del pueblo de Dios era el Tabernáculo que Jehová ordenó a Moisés construir, la tienda del encuentro con Dios, como dice el escritor de Hebreos “Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal.”[1] En el Tabernáculo los sacerdotes adoraban a Dios, le presentaban sacrificios por los pecados del pueblo y recibían Sus órdenes.   

Según la Biblia “…el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición. / Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, / el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; / y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle.”[2] Cada uno de esos elementos tiene un significado simbólico muy interesante que vale la pena estudiar para crecimiento de nuestra vida de fe, cosa que haremos en otra oportunidad. Por ahora baste decir que ese Santuario, inspirado por Dios, era un espacio perfecto para la vida religiosa del pueblo de Israel.  

Este era el modo de operar del sacerdocio: “Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; / pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo”[3] El pueblo no podía entrar a la Tienda del Encuentro con Dios, Su Santuario, y debían permanecer fuera de ella, confiando en la intercesión de los sacerdotes.

Pero llegó un día bendito en que se eliminó esa separación entre Dios y el pueblo. Aunque aún muchos persisten en diferenciar entre clero y membrecía, lo cierto es que desde que Cristo pagó en la cruz del Calvario el precio de nuestros pecados, dando su vida y derramando la preciosa sangre, ya no hay tal separación. El Evangelio cuenta que al momento de morir Jesucristo “… he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron”[4] Esto significa que ahora tenemos libre entrada para contactarnos con Dios y sólo necesitamos de un Intermediario celestial: Jesucristo, el Hijo de Dios. 

Detengámonos un segundo para aclarar el significado de “religión”. No es una palabra negativa para el cristiano o algo de lo cual estemos apartados. Deriva del verbo religar, que significa volver a unir. La religión es el conjunto de creencias y prácticas que permiten volver a unirnos con Dios. La religión cristiana nos enseña en la Biblia el modo de religarnos con Dios “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. / El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”[5]

El creyente convertido a Jesucristo puede acercarse con una actitud nueva al Santuario: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, / por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, / y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, / acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”[6] Todo cristiano puede orar, leer y reflexionar la Palabra de Dios, escucharlo y recibir Sus consejos, por medio del Espíritu Santo, sin esclavizarse a otro que no sea Jesús. 

El rol de los ministros de Dios está claramente estipulado en la Escritura: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, / a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, / hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”[7]  Ministrar la Palabra de Dios, administrar los sacramentos instituidos por Jesucristo y liderar en la comunidad cristiana, permitirá que cada miembro activo de la Iglesia crezca espiritualmente, a la medida de Jesús. 

El Santuario del ministro de Dios es su relación permanente con Jesucristo por medio de la vida devocional, esto es la oración, la adoración, el ayuno, la meditación y la reflexión de Su Palabra. Esta entrega espiritual le capacitará diariamente para servir al prójimo y ministrar lo que Dios tiene para todo ser humano. En verdad nuestro Santuario es Cristo mismo, la Persona de Dios, Su corazón y Palabra. Él es el Santuario del cual recibimos el Pan de Vida para la multitud hambrienta de Dios. Damos gracias al Altísimo por Su misericordia con nuestra pobre humanidad y porque Él nos use para Su servicio.  

En esto consiste nuestro trabajo espiritual o “ministerio”, en dar de comer el Pan del Santuario. Cada vez que damos de comer de este pan saciamos su hambre de la Palabra eterna; cada vez que damos de beber del agua de vida, calmamos su sed del Espíritu de Dios; toda vez que no les rechazamos y les recibimos sin prejuicios, estamos acogiéndolos en la Casa del Padre; cuando les cubrimos con el amor del Señor, su humana desnudez ya no les avergüenza; cumplimos la misión encargada por Jesús cuando, en medio de las enfermedades del alma, oramos por ellos para que Dios les traiga sanidad; cuando levantamos sus cadenas por medio de la predicación de la Palabra de Cristo, ellos pueden salir de sus cárceles espirituales y ser libres de toda condenación.  

Cuando cumplimos nuestro rol de sirvientes del Santuario se cumple en nosotros esta Palabra de Cristo: “35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” (San Mateo 25:35,36) 



[1] Hebreos 9:1
[2] Hebreos 9:2-5
[3] Hebreos 9:6,7
[4] San Mateo 27:51
[5] San Juan 3:17,18
[6] Hebreos 10:19-22
[7] Efesios 4:11-13

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